4° Domingo después de Pentecostés 2021

La Meditación u Oración Mental

(Domingo 20 de junio de 2021) P. Pío Vázquez.

(Introducción)


Queridos fieles:
Hace unos domingos atrás habíamos dicho unas palabras sobre la oración en general. Nos había quedado pendiente el tema de desarrollar o decir algunas palabras más sobre la meditación u oración mental, por lo cual, el día de hoy es nuestro deseo hablar sobre ello, tratando primero de su gran importancia y eficacia y, en segundo lugar, de cómo se hace.


(Cuerpo 1: Importancia de la Oración Mental)


Primeramente, hablemos de la gran importancia de la oración mental o meditación1, que es tan encomiada y recomendada por todos santos y autores espirituales.
Es esta oración un medio sumamente eficaz para poder vencer los pecados y salir de ellos, para adelantar en la virtud y en la vida espiritual y poder llegar, en última instancia, a la santidad.
La meditación nos ayuda a poder vencer y salir del pecado, pues la gran mayoría de las veces que los hombres pecan, lo hacen o por falta de reflexión o por flaqueza de voluntad, y una y otra cosa es ampliamente remediada por la meditación, por cuanto ella ilumina nuestra inteligencia y fortalece nuestra voluntad.

En efecto, la meditación ilumina nuestra inteligencia porque en ella podemos discernir y apreciar en su justa medida la gran malicia del pecado, el verdadero y enorme mal que es, cómo constituye una gran ofensa contra Dios y el grandísimo daño que se nos sigue de él: pérdida de la gracia, del cielo, merecimiento de las terribles y espantosas penas del infierno, etc. Y así, gracias a esta luz que recibe en la meditación, pone el alma más empeño en huir y evitar el pecado.

Asimismo, fortalece nuestra voluntad porque en la meditación podemos apreciar y verdaderamente valorar el gran bien que es la virtud, la vida de unión con Dios; lo excelente del sacrificio, de la mortificación, de las virtudes como la humildad, la mansedumbre, la castidad o pureza; los grandes bienes que se siguen de vivir unido a Dios, como la paz del alma, etc. De todo lo cual se sigue que la voluntad se robustece para emprender el arduo camino de la virtud, de la santidad; además, allí en la oración, ante el conocimiento de la propia incapacidad e impotencia, el alma pide a Dios la gracia que necesita para ejercitarse en las diferentes virtudes, para cumplir los propósitos formulados.

Además, es la oración mental es uno de los medios más eficaces de asegurar la salvación. En efecto, lo único que puede condenarnos al infierno es el pecado mortal. Ahora bien, el que todos los días dedica un determinado tiempo a hacer oración mental, de manera seria y constante, es imposible que pueda vivir por largo tiempo en pecado mortal, según enseñan todos los santos y autores espirituales, ya que una y otra cosa no se compaginan, pues es imposible se hallen al mismo tiempo en el alma la oración seria y el pecado: o se deja la oración o de deja el pecado mortal.

En efecto, ¿cómo podrá el alma ponerse en la presencia de Dios, día tras día, con conciencia cierta de hallarse en pecado mortal y no buscar su pronta salida de él? Por esto es que la oración mental es muy eficaz para salir de cualquier pecado. ¿Alguien tiene algún vicio o pecado que comete a menudo, con frecuencia, que pareciera no puede salir de él? Haga meditación. Dedique todos los días un pequeño espacio a la oración mental y verá cómo, con la ayuda del Señor, sale de tal pecado.

(Cuerpo 2: Cómo hacer la meditación)

1. Escuchemos unas palabras de San Bernardo sobre los bienes que trae la meditación al alma:
“La meditación purifica su propio origen, esto es: la mente de donde procede. Regula después los afectos, dirige los actos, corrige los extravíos, arregla las costumbres, hace la vida honrada y la ordena; en confiere igualmente la ciencia de las cosas divinas y humanas. Es la que aclara lo confuso, estrecha lo que está aflojado, recoge lo que está esparcido, escruta lo que está oculto, descubre lo que es verdad, examina lo que es verosímil y explora lo que está embrollado y oscuro. Ella es la que preordena lo que debe hacerse y repasa lo hecho, de manera que nada quede en el ánimo que no haya sido corregido o tenga necesidad de corrección. Ella es la que en la prosperidad hace presentir las pruebas y hace que no se sienta, por decirlo así, la adversidad cuando llega; dos bienes, de los cuales el unos es la fortaleza y el otro la prudencia” (De consideratione, lib. I, c. 7, citado por San Pío X, en Haerent ánimo).

Sin embargo, la meditación, hablando en términos generales, puede reducirse a tres momentos distintos, que de hecho coinciden en todos los métodos, a saber: El comienzo, el cuerpo y la conclusión.
El comienzo de la oración consiste principalmente en colocarnos en la presencia de Dios, reconociéndonos indignos de ello y pidiendo a Dios la gracia necesaria para hacer una buena meditación y ofreciendo la misma a su mayor gloria. Aquí suele ya postularse la gracia que se quiere alcanzar de Dios (por ejemplo, amor a Dios, una buena muerte, la perseverancia final).

El cuerpo de la oración consiste en lo que propiamente es la meditación, es decir, el discurso del entendimiento que ha versar sobre una serie consideraciones, que suelen denominar los autores “puntos” (pensar, por ejemplo, en Preparación para la Muerte de San Alfonso). Por poner un ejemplo, si alguien fuera a meditar sobre la muerte, el primer punto podría ser la certidumbre de la muerte; el segundo, la incertidumbre de la misma; y, el tercero, cómo de allí depende la eternidad: salvación o condenación. Y hemos de aplicarnos lo que meditamos a nosotros mismos, por ejemplo, ¿vivo todos los días preparado a bien morir?, ¿cómo me manejo en esto o aquello?, etc. Por tanto, aquí va la formulación de los propósitos.
La conclusión de la oración consiste primordialmente en un coloquio que puede estar dirigido a Dios, o a alguna de las tres Divinas Personas en particular, o a la Santísima Virgen, o algún santo, etc., en el cual deben predominar los afectos y las súplicas.

En términos generales, en eso consistiría lo que se llama meditación u oración mental; como pueden apreciar nada dificilísimo o “extraordinario”. Sin embargo, hay que notar, como hacen los diversos autores, que lo más importante es la parte de los afectos y súplicas; pues un error que se comete muchas veces es alargar demasiado el discurso del entendimiento, de manera que no quede nada o casi nada de tiempo para los actos de la voluntad. El discurso del entendimiento es un medio para lograr inflamar la voluntad respecto a la verdad meditada y, logrado esto, ha de dejarse dicho discurso y pasar adelante a los actos de la voluntad, las resoluciones, peticiones, actos de amor, etc.

Todo esto, que podría parecer ha de tomar mucho tiempo, se puede hacer perfectamente en unos 20/25 minutos. Y sirve muchísimo para el alma. El mejor momento para realizar la meditación es por la mañana, al iniciar el día, antes de que nuestro espíritu se llene de las preocupaciones e impresiones del día.
Asimismo, suele siempre enseñarse que la meditación ha de prepararse normalmente la tarde o noche anterior, es decir, pensar desde ya qué tema se va a meditar, leyéndolo de preferencia en algún libro que sirva a dicho propósito. Cuando uno inicia a meditar suele ser muy útil ayudarse en los comienzos de algún texto o libro, para evitar la divagación de la mente (a este propósito es excelente Preparación para la Muerte de S. Alfonso).

(Conclusión)

Queridos fieles, concluyendo ya, simplemente los exhortamos a que se decidan a dedicar algún tiempo al día a la oración mental. Siempre solemos objetar que no tenemos tiempo, que el trabajo, que el estudio, que esto, que aquello, etc. Y, sin embargo, requiere apenas unos 20 a 25 minutos de nuestro día —que consta de 24 horas—. Lo que falta no es tiempo sino voluntad, deseo de hacerlo, pues para las cosas del mundo —como ya les hemos hecho notar en alguna otra ocasión— sí sacamos tiempo; sí tenemos tiempo para películas, series, redes sociales, música moderna, novelas, etc., etc., etc. Pero para dedicar un tiempito a la oración, no.

Quiera María Santísima alcanzarnos la gracia de poder hacer oración verdadera, seria y constante todos los días, ella cuya vida fue una continua oración.

Ave María Purísima. Padre Pío Vázquez.