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4° Domingo después de Pentecostés 2016

Sobre los efectos de la Sagrada Comunión, Sermón C.

(Domingo 12 de junio de 2016) P. Altamira.

(Introducción)

Queridos hijos:

Habíamos predicado sobre “Los Efectos de la Sagrada Comunión”. En estos últimos dos domingos desarrollamos algunos de ellos:
(1) La unión profundísima con Cristo que hace o debería hacer la Sagrada Comunión, unión que es capaz y debería llevarnos a la cumbre de la santidad, con una sola Comunión bien recibida. (2) La unión con la Santísima Trinidad; donde está una de las personas, Dios Nuestro Señor Jesucristo (Dios Hijo en la Sagrada Comunión), allí están también las otras dos: Dios Padre y Dios Espíritu Santo. (3) La unión con todos los miembros vivos de la Iglesia Católica, unión con la Iglesia Triunfante del Cielo (la Santísima Virgen, los ángeles, los santos), unión con la Iglesia Purgante (con todas las almas que están en el Purgatorio), unión con la Iglesia Militante (con todos los católicos del mundo que en este momento están en estado de gracia). (4) El aumento de la gracia santificante. (5) La remisión o perdón de la pena temporal que debemos por nuestros pecados, efecto que se produce al recibir a Dios Nuestro Señor Jesucristo en la Comunión, y efecto que se da en mayor o menor medida según nuestras disposiciones; una sola Comunión bien recibida sería capaz de librarnos de toda la deuda de nuestro Purgatorio. (6) El perdón de los pecados veniales, e incluso de pecados mortales cuando alguien se los hubiera olvidado y recibiera de buena fe la Comunión.
Ahora, sin más, queríamos darles una tercera y última prédica sobre el mismo tema1.

(Cuerpo 1: Nos aumenta las virtudes teologales, las demás virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo)

La Sagrada Comunión nos aumenta las virtudes teologales: La Fe, la Esperanza y sobre todo la Caridad. Y con ellas todas las demás virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

La virtud de la Fe.
Es evidente que nos aumenta la Fe por el acto intensísimo de Fe que hacemos al recibir la Sagrada Comunión, pues recibimos a Dios Nuestro Señor Jesucristo, cosa que no es vista ni sentida ni percibida. Es la Fe, basada en la enseñanza de Dios y de la Santa Iglesia Católica, la que nos da la seguridad inquebrantable de que allí no hay pan ni vino sino Dios. Por eso el Himno Tantum Ergo (de Santo Tomás de Aquino), el cual cantamos en las Exposiciones del Santísimo, dice cosas tan hermosas como “Praestet Fides supplementum, sensuum defectui: Presta la Fe un suplemento, al defecto de los sentidos”. Sabido es que las virtudes teologales, todas las virtudes infusas en realidad, crecen por medio de actos más intensos, y en lo que respecta a la Fe, al recibir la Comunión, se realizan actos intensísimos de esta virtud, para crecimiento de ella, y para alegría nuestra.

La virtud de la Esperanza.
Ella es aumentada porque la Sagrada Comunión es “prenda de la futura gloria”, de nuestro futuro Cielo. Santo Tomás en la Antífona de Vísperas de Corpus dice “futurae gloriae nobis pignus datur”, es decir que con la Comunión “una prenda de la futura gloria es dada a nosotros”. Y además la Comunión también es una prenda de nuestra futura resurrección. Ambas cosas están dichas hermosamente por Dios Nuestro Señor Jesucristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día…” (Jn 6,54).

La virtud de la Caridad.
Ésta es la virtud que sobre todo aumenta la Sagrada Comunión. Escuchemos una enseñanza de Santo Tomás: “Este Sacramento [la Sagrada Comunión] confiere espiritualmente la gracia junto con la virtud de la Caridad Y, pues, dice San Gregorio que «el amor de Dios no está ocioso, sino que, cuando lo hay, obra grandes cosas», se sigue que este Sacramento tiene de suyo eficacia no sólo para dar el hábito de la gracia y de la virtud [de la Caridad], sino también para excitar el acto de la misma, según aquello de San Pablo: La Caridad de Cristo nos apremia…2” (Suma Teológica III, 79, 1, ad 2).
Las demás virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo también son aumentados por la Sagrada Comunión porque están en conexión con la gracia y la Caridad, y el crecimiento de éstas conlleva el crecimiento de todo el organismo espiritual, el cual crece todo a la vez.

Por todo lo dicho se ve que la Sagrada Comunión tiene una eficacia incomparable para nuestra santificación, ya que la santidad consiste esencialmente en el desarrollo y crecimiento perfecto de la Caridad, junto con las otras virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

1 Seguimos en esto al Padre Antonio Royo Marín OP, en su libro “Teología Moral para seglares”, Tomo II, Efectos de la Sagrada Comunión, Ediciones de la BAC, año 1958.
2 Allí continuaba: “Con él [con el Sacramento de la Sagrada Comunión] el alma se fortifica espiritualmente, se deleita y de algún modo se embriaga con la dulzura de la divina bondad, según aquello [del Cantar de los Cantares]: «Comed y bebed, amigos; embriagaos, carísimos»”.

(Cuerpo 2: La Sagrada Comunión nos preserva de los pecados futuros)

La Sagrada Comunión nos preserva de los pecados futuros.
La razón es doble: Porque robustece las fuerzas del alma contra las malas inclinaciones o tendencias de nuestra naturaleza caída. Porque nos preserva de los asaltos diabólicos al aplicarnos los efectos de la Pasión de Cristo, en la cual el Demonio o los demonios fueron vencidos.
Oigamos estas mismas enseñanzas en boca de Santo Tomás de Aquino:

“De dos maneras preserva del pecado este Sacramento. Primeramente, porque al unirnos con Cristo por la gracia robustece la vida espiritual, como espiritual manjar y espiritual medicina que es, según aquello del salmo: El pan refuerza el corazón del hombre (Ps 103,15)… Y también porque al ser señal de la Pasión de Cristo, con la que fueron vencidos los demonios, repele todas sus impugnaciones. Por eso dice el Crisóstomo: «Volvemos de esa mesa como leones espirando llamas, haciéndonos terribles al mismo Diablo»” (III, 79,6).

Por lo dicho vemos que, al menos indirectamente, la Sagrada Comunión disminuye el fómite del pecado (el fomes peccati: la tendencia o inclinación hacia el mal y hacia el pecado). Dice Santo Tomás:

“Aunque este Sacramento no se ordene de manera directa a la disminución del fómite [o fomes], lo disminuye indirectamente al aumentar la Caridad, porque como dice San Agustín «el aumento de la Caridad es la disminución de la concupiscencia». En forma directa, [este Sacramento] confirma el corazón del hombre en el bien, y así [indirectamente] lo preserva de pecar” (ad 1).

Pero lamentablemente esto no impide que muchos de los que comulgan dignamente vuelvan a pecar. Porque el hombre viador (el hombre en esta vida) es de tal condición, que siempre puede usar su libre albedrío para inclinarse hacia el mal.

(Cuerpo 3: Efectos de la Sagrada Comunión aun en nuestros cuerpos)

Finalmente, efectos incluso en nuestros cuerpos. Los principales efectos de la Sagrada Comunión en nuestros cuerpos son dos. Uno referido a la vida presente: Ella santifica nuestros cuerpos. Otro referido a la vida futura: De la Comunión procederá nuestra resurrección gloriosa.
Pero desarrollemos algo más el primero de ellos: La Sagrada Comunión santifica en cierto modo aun nuestros mismos cuerpos.
La Sagrada Escritura no expresa esto en forma directa, pero se puede deducir de lo que dice San Pablo sobre la gracia santificante y nuestros cuerpos: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios?” (I Cor 6,19). Entonces: Esta santificación de nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo, que comienza al recibir la gracia por primera vez (con el Santo Bautismo), alcanza o va alcanzando en este mundo su máxima intensidad con la recepción de la Sagrada Comunión.

La razón de estos efectos es que si bien la gracia sólo tiene como sujeto de inhesión al alma, por la unión sustancial que tiene nuestro cuerpo y nuestra alma, y por la influencia del alma sobre el cuerpo, los efectos buenos sobre ella refluyen y redundan en el cuerpo.
El principal efecto de esta redundancia es el sosiego de las pasiones carnales y la moderación de los instintos del apetito concupiscible y del irascible. Escuchemos algunos Santos Padres y al Concilio de Trento:
San Cirilo de Alejandría dice: “Cuando Cristo está en nosotros, se halla adormecida la ley de la carne que brama furiosa en nuestros miembros”.
San Bernardo dice: “Si alguno de vosotros ya no siente tantas veces o tan fuertemente los movimientos de la ira, de la envidia, de la lujuria y de las demás pasiones, dé las gracias al Cuerpo y Sangre del Señor, pues la virtud de este Sacramento obra en él”.
Y el Catecismo del Concilio de Trento o Catecismo Romano: “la Eucaristía refrena también y reprime la misma concupiscencia de la carne, porque al encender en el alma el fuego de la Caridad, mitiga los ardores sensuales de nuestro cuerpo” (p 2a, n 53).

Por estos efectos podemos decir que la Sagrada Comunión sirve incluso para la salud de nuestro cuerpo. Porque no hay nada que contribuya tanto a la salud de nuestros cuerpos como la paz y la alegría del alma, y el sosiego de las pasiones corporales. Al revés, el no tener la gracia santificante, el estar en pecado mortal, el remordimiento y la tristeza por nuestros pecados, así como el alboroto de las pasiones y apetitos, quebrantan seriamente la misma salud corporal.

(Conclusión)

Ya que hemos estado hablando de la Sagrada Comunión, terminemos con un elogio hacia ella, un elogio de Santo Tomás de Aquino, el tan hermoso Himno “Te adoro devotamente”3 (Adóro te devóte). Les compartimos las cuatro primeras estrofas:

No es necesario decir o agregar nada más.
AVE MARÍA PURÍSIMA.

3 “Adoro te devote” es uno de los cinco himnos que Santo Tomas de Aquino compuso en honor de Jesús en el Santísimo Sacramento a solicitud del Papa Urbano IV con motivo de haber establecido por primera vez la Fiesta del Corpus Christi en 1264. El himno se encuentra en el Misal Romano.