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5° Domingo después de Pentecostés 2020

Escribas y Fariseos, La ira.

(Domingo 5 de julio de 2020) P. Pío Vázquez.

(Introducción)

Queridos fieles:

Nos hallamos en el Domingo Quinto después de Pentecostés y hoy la Santa Madre Iglesia coloca en el Evangelio unas palabras de Dios Nuestro Señor Jesucristo, tomadas de San Mateo1, las cuales es nuestro deseo comentar.

(Cuerpo 1: Escribas y Fariseos)

Nuestro Señor dice a sus discípulos lo siguiente:

“Si vuestra justicia [esto es, vuestra santidad] no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”͘

Es de notar que la época en que Nuestro Señor decía esto, “fariseo”, no era, como hoy día, un término peyorativo u ofensivo. En aquel entonces fariseo era sinónimo de hombre religioso, de santo; y así eran tenidos por el pueblo. En efecto, el origen de los fariseos puede remontarse a los Macabeos, a Matatías y sus hijos, que resistieron a la apostasía que ocasionó Antíoco Epífanes en el pueblo judío en ese entonces, según se lee en los libros primero y segundo de los Macabeos. Los judíos fieles a Dios, para no contaminarse con la apostasía, se
separaron (fariseo significa separado) de los que habían incidido en ella. Ellos fueron los primeros separados, esto es, fariseos. En sus inicios, pues, el movimiento era bueno, pero, a medida que transcurrió el tiempo, se fueron corrompiendo hasta llegar al estado en que se hallaban cuando el Verbo se hizo carne.

Asimismo, los escribas —que no son lo mismo que los fariseos— gozaban de gran prestigio ante el pueblo. Escriba quiere decir hombre de letras y lo eran, pues recibían una formación profundísima y larguísima en la Ley. Por lo cual, ellos eran los encargados de enseñar la Ley a los demás y podían intervenir eficazmente como jueces en el sanedrín. En su mayoría formaban parte de lo que podría llamarse la secta o partido del fariseísmo. Sin embargo, a diferencia de los fariseos, no pertenecían al orden sacerdotal sino que eran simples seglares. Eran, pues, como decíamos, muy venerados por el pueblo, junto con los fariseos, debido a su gran erudición y conocimiento de la Ley.

Por todo lo cual, podemos imaginarnos cómo a los oyentes de Nuestro Señor les habrá impresionado bastante cuando le escucharon decir:
“Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”; “¡cómo!, ¿ser más santos que los escribas y fariseos?”, habrá pensado alguno. Asimismo, podemos conjeturar cómo habrá molestado e irritado semejantes palabras a los susodichos escribas y fariseos. En efecto, son una tácita condenación de ellos, ya que de ellas podemos inferir la decadencia en que habían caído cuando Nuestro Señor decía estas palabras, pues no bastaba la “justicia”, es decir, la santidad de vida de ellos para entrar en el “reino de los cielos”, para alcanzar la salvación, sino que había que superarlos en santidad, so pena de eterna condenación, “no entraréis en el reino de los cielos”͘

(Cuerpo 2: La Ira)

Mas veamos cómo continúa Nuestro Señor y veremos cómo abunda en la misma idea; dice así:

“Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y quien matare será reo de juicio. Pero Yo os digo: todo el que se encoleriza con su hermano, será reo de juicio. Y el que dijere a su hermano raca, será reo de concilio. Y quien lo llamare fatuo, será reo de la gehena del fuego”.

La justicia o santidad de los escribas y fariseos no bastaba, pues ellos se contentaban tan sólo con el precepto de no matar —y ni tanto pues luego matarán a Nuestro Señor por medio de Pilatos—, pero no hacían caso alguno o no daban importancia a los movimientos internos de ira y a sus posibles manifestaciones exteriores. Nuestro Señor que venía, no a abrogar la Ley, sino a completarla y darle cumplimiento, va más lejos que ellos y manda con sus palabras reprimir incluso los movimientos interiores de ira contra el prójimo, que son, en última instancia, la causa del crimen del homicidio cuando llegan a su paroxismo.

Asimismo, es de notar cómo o en qué manera Nuestro Señor perfecciona el antiguo mandamiento “no matarás”͘ En efecto, dice Nuestro Señor: “Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero Yo os digo”͘ Los antiguos —Moisés y los profetas— hablaban siempre en nombre de Dios, jamás en nombre propio ni por propia autoridad. En cambio, Nuestro Señor habla en nombre propio y por propia autoridad al decir: “pero Yo os digo”, manifestando así su divinidad de una manera velada pero clara.

Mas, veamos ahora los tres pecados que Nuestro Señor señala en su discurso, que van de menor a mayor gravedad.

1) Primeramente, señala la pura ira interior: “todo el que se encoleriza con su hermano”, dice. Está sobreentendido que Nuestro Señor se refiere a la ira sin causa o que no es ordenada por la recta razón, pues cuando la pasión de la ira está ordenada y movida por la recta razón, no sólo no es pecado, sino que es buena y meritoria. De esta manera fue como Cristo Nuestro Señor tiró las mesas a los cambistas que se hallaban en el templo; ello lo hizo con una ira ordenada por la razón, con una ira santa. Esto es así porque la ira, en sí misma, como pasión que es, es indiferente. Será buena o mala según esté o no ordenada por la recta razón. Asimismo, no hay que confundir la mera tentación de la ira con el consentirla. Nuestro Señor, evidentemente, se refiere a esto último, a la ira sin causa o desordenada consentida. Debido a nuestra naturaleza caída solemos tener muchos movimientos internos de ira casi “instintivos”, pero el pecado está en consentirlos, no en sentirlos: sentir no es consentir. Por todo lo cual, resumiendo Nuestro Señor aquí condena la ira sin causa consentida.

1 Cap. 5 vv. 20-24.

2) En segundo lugar, señala la manifestación de esa ira interior: “el que dijere a su hermano raca”͘ Se refiere a la ira en cuanto se muestra al exterior. Aquí divergen las interpretaciones sobre la significación de la palabra “raca”͘ Hay quienes dicen que es ya un insulto, aunque no fuerte, dicho al prójimo; otros, con San Agustín2, piensan que no es un insulto sino que se trata de una palabra sin significación alguna, una pura manifestación de la ira interna. Como cuando alguien dice: ¡ah!, con ira y molestia. Nosotros pensamos que ésta última es la opinión acertada, por ser más acorde con la gradación que Nuestro Señor hace, subiendo de menor a mayor gravedad. Evidentemente, la manifestación de la ira al exterior es más grave que la pura ira interior, pues puede dar lugar a contristar al prójimo o causar escándalo por el mal ejemplo que damos.

3) En tercer lugar, Nuestro Señor señala la ofensa hecha al prójimo por la ira: “el que lo llamare fatuo”, dice. Aquí la ira, no sólo se manifiesta al exterior sino que —podríamos decir— se proyecta hacia el prójimo. Evidentemente esto es mucho más grave que los dos supuestos anteriores, pues insultar o injuriar al prójimo se opone directamente a la Caridad y es de suyo grave. Nuestro Señor pone como ejemplo la palabra fatuo, pues entre los judíos era una de las mayores ofensas, ya que significaba algo así como hombre impío o incrédulo, es decir, de lo peor.

A cada uno de estos pecados Nuestro Señor va asignando un castigo mayor al anterior, según cómo eran los tribunales judíos. Para que entendamos mejor esos castigos, veamos cuáles eran los tribunales que administraban justicia entre los judíos. Ellos eran tres. El primero constaba tan sólo de tres jueces, los cuales se encargaban de los delitos menores. El segundo tribunal, llamado pequeño sanedrín, constaba de veintitrés jueces y se hacía cargo de las causas criminales y podía dictar sentencia de muerte. El tercer tribunal, llamado el gran sanedrín, era el más alto tribunal entre los judíos y constaba de 72 jueces, el cual se ocupaba de los crímenes más graves cometidos contra la Religión y el Estado.

A los dos primeros pecados adjudica Nuestro Señor los dos últimos tribunales. De la pura ira interior dice: “será reo de juicio”, designando con este nombre el pequeño sanedrín͘ Y de la manifestación de esa ira dice: “será reo de concilio”, designando con este nombre el gran sanedrín. Y de la ofensa o insulto al prójimo, ya que no hay tribunal mayor, dice: “será reo de la gehena del fuego”; la gehena era un valle cercano a Jerusalén en donde, en los tiempos de idolatría, los judíos sacrificaban a los niños en honor de Moloc, pasándolos por el fuego. Por lo cual, la gehena es símbolo o figura del infierno.

Por todo lo cual, podemos apreciar la fuerza que Nuestro Señor daba a su enseñanza contra la pura ira interior, pues le adjudicaba el mismo castigo debido al homicidio, ya que el homicida era juzgado y condenado a muerte por esos tribunales: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y quien matare será reo de juicio. Pero Yo os digo: todo el que se encoleriza con su hermano, será reo de juicio”͘

Y concluye la enseñanza con las siguientes palabras:

“Si pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; y después volverás a presentar tu ofrenda”.

Decimos que concluye la enseñanza porque, en las palabras “tu hermano tiene algo contra ti”, está implícito que uno lo haya ofendido en un arranque o ataque de ira, pues, de lo contrario, ¿por qué tendría algo contra nosotros? Por lo cual, Nuestro Señor nos está enseñando que, si queremos que nuestras oraciones sean aceptas a Dios, debemos estar, en cuanto dependa de nosotros, en paz con nuestro prójimo, nuestros parientes, amigos, vecinos, etc. Si a alguno hemos ofendido de alguna manera o hecho daño, debemos reconciliarnos con él, pedirle humildemente perdón, y después proseguir con nuestras oraciones que entonces sí serán aceptas y agradables a Dios.

Sin embargo, aquí se hace preciso hacer una aclaración para evitar escrúpulos, confusiones o errores. No es lo mismo el orden o ámbito privado (entre familiares, amigos, vecinos, etc.) que el orden o ámbito público. En éste muchas veces deben aplicarse medidas y castigos, incluso severos, a los culpables; claro está, siempre debe hacerse sin odio interior ni sobrepasando lo que merece la culpa, etc. Y así un juez puede castigar a un malhechor, incluso con la pena de muerte en los casos más graves y con las debidas condiciones, sin pecado. También un padre de familia puede aplicar un castigo fuerte a uno de sus hijos en aras al bien común de la familia.

Lo que Nuestro Señor condena aquí, no son los castigos justamente aplicados por aquellos que se hallan en autoridad, sino el odio o deseo desordenado de venganza —que eso es la ira— y las injurias que de ello suelen seguirse.

2 Catena Aurea, Santo Tomás de Aquino, Tomo I, Cursos de Cultura Católica, 1948, Buenos Aires, Argentina, p. 136.

(Conclusión)

Recapitulando, queridos fieles. Nuestro Señor quiere enseñarnos con sus palabras, por un lado, a que tengamos más en cuenta la malicia de la ira. Como dijimos antes, por nuestra naturaleza caída, padecemos mucho de esta pasión de la ira, de movimientos de impaciencia, de cólera, etc. Por lo cual, podemos fácilmente caer en la mala costumbre de consentir tales cosas y, por tanto, no prestarles tanta importancia; cierto es que, comúnmente, tales faltas no pasarán de pecado venial, no hay que hacernos escrupulosos; pero también es verdad que, si no las combatimos o reprimimos, tarde que temprano caeremos en un pecado mortal, ofendiendo o insultando a nuestro prójimo en un arrebato de ira, por ejemplo.

Asimismo, Nuestro Señor quiere con sus palabras que aspiremos a lo que es más perfecto. Pues bueno es, por supuesto, no matar a nadie; pero mucho más perfecto aun es no encolerizarse ni airarse contra nadie, o reprimir tales movimientos. Obrando así estaremos mucho más lejos de caer en el homicidio que, como dijimos antes, es obra de la ira cuando llega a su paroxismo. ¡Cuántos no han asesinado a otro en un arrebato de ira, de furor! ¡Dios nos guarde y libre!

Por tanto, queridos fieles, trabajemos por adquirir la virtud contraria a la ira, esto es, la mansedumbre. Pidámosle a Dios Nuestro Señor Jesucristo, que es manso y humilde de corazón, nos dé la gracia de ser verdaderamente mansos. Asimismo, roguemos a María Santísima nos alcance esta gracia.

Ave María Purísima. Padre Pío Vázquez.