Etiqueta: El Celo

3er Domingo después de Pentecostés 2022

El Celo.

(Domingo 26 de junio de 2022) P. Pío Vázquez.

(Introducción) 

Queridos fieles: 

 El día de hoy, Domingo Tercero después de Pentecostés, tenemos en el Evangelio1 las parábolas de la oveja descarriada y de la dracma  perdida. Dichas parábolas son muy importantes, pues ellas nos enseñan, por un lado, la gran misericordia de Dios y, por otro, nos previenen  contra el espíritu farisaico, el cual se molesta de ver que los que están extraviados se conviertan y vuelvan a Dios, —de hecho, esto es lo que  Nuestro Señor buscaba confutar precisamente con estas parábolas—. 

 Deseamos, por tanto, el día de hoy, tomando pie en las parábolas, hablar sobre el celo por la Gloria de Dios y la salvación de las almas. Diremos qué es; cómo él es muy eficaz para la salvación de las almas; cuál es el celo bueno y cuál el malo; y, finalmente, concluiremos  diciendo algunos medios de adquirirlo. 

(Cuerpo 1: Qué es el Celo y cuánto agrada a Dios) 

 Y así, primeramente, digamos qué es este celo de que hablamos. 

 Para lo cual debemos tener presente que el celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas nace y tiene su origen en el amor de Dios.  En efecto, dicho celo es un fuego abrasador de amor de Dios hace que el alma se abrase y consuma en deseos de que Dios sea amado,  honrado y servido, y es de tal vehemencia que no se contenta con sí solo, sino que desea que todos los hombres amen, honren y sirvan a  Dios y, en la medida de que depende de ella, hace lo posible por que así sea: Zelus domus túae comédit me, el celo de tu casa (de tu  gloria) me devora, dice el Real Profeta David (salmo 68,10). Y si el alma ve que Dios no es honrado ni servido, sino lo contrario, que es  ofendido y ultrajado por los pecados, y no lo puede solucionar, este fuego hace se consuma de dolor y pena, gimiendo y llorando por ello: Vidi praevaricántes et tabescébam, quia eloquia tua non custodiérunt”, “vi a los prevaricadores y me consumía, porque no guardaron tus  mandamientos, dice asimismo el Rey David (salmo 118,158). 

 Hemos de procurar tener en nosotros este celo, pues él es de las cosas que más agradan a Dios. Esto es así, porque la Caridad es la más  perfecta de todas las virtudes, es elvínculo de la perfección, como dice San Pablo. Ahora bien, el celo por la Gloria de Dios y de la salvación  de las almas implica un acto grandísimo de Caridad. 

 Primeramente, de Caridad hacia Dios, porque el que está encendido de tal celo, como recién decíamos, no se contenta con servir  él solo, de la mejor manera posible, a la divina majestad, sino que quiere y procura que Dios sea de todos conocido y amado y en  ello pone su felicidad y contento; por el contrario, su mayor tristeza y amargura es ver que ocurre muy al revés, que Dios es  ofendido e injuriado por los pecados. Y esto implica un grandísimo amor a Dios. Para entenderlo, ayudará considerar lo siguiente:  Un buen hijo que ama mucho a su padre, si ve que su padre es honrado y ensalzado, halla en ello felicidad y lo toma como bien  propio; pero, si ve, por el contrario, que su padre recibe injurias y humillaciones, las siente él mucho y las tiene por propias y aun  más que propias. Y así debemos ser nosotros con respecto a Dios. 

 En segundo lugar, dicho celo también implica un grandísimo, y muy excelente por cierto, acto de amor al prójimo. Esto es así,  porque este celo hace que nos alegremos y veamos como propio el bien de nuestro prójimo y, por el contrario, que nos aflijamos  grandemente de sus males, especialmente el pecado —único y verdadero mal— y que busquemos impedirlo en la medida que  pudiéremos. Y así, para ver si hay en nosotros verdadero amor al prójimo y, por tanto, celo de la salvación de las almas, debemos  examinarnos y ver si realmente nos dolemos cuando nuestro prójimo comete pecados y si nos regocijamos cuando vemos que se  convierte y progresa y crece por los caminos de la gracia. 

1 San Lucas 15, 1-10.

(Cuerpo 2: Eficacia del Celo en la Salvación de las almas) 

 Por todo lo cual, este celo es, si lo miramos bien, un medio muy eficaz para ayudar a nuestro prójimo a alcanzar su salvación, entre otras  cosas: 

 Porque, en primer lugar, como ya hemos dicho, este celo es un fuego abrasador. Y, en verdad, el celo es con mucha razón comparado al  fuego. Pues así como éste vuelve y convierte todas las cosas en sí, si están dispuestas, y si no, las dispone él mismo, de la misma manera si el  fuego de amor de Dios arde en nosotros y nos abrasa, lo comunicaremos a otros, pues la Caridad no puede estarse quieta.  En segundo lugar, porque de este celo nace que uno tenga iniciativa en buscar y procurar la salvación del prójimo, indagando y  rebuscándose, si hace falta, los medios necesarios, sin que sea preciso que a uno lo fuercen, sino que antes uno desea hacer mucho más. Y  esto es muy importante, porque cuando hacemos algo con “ganas”, lo hacemos mucho mejor. En definitiva, ayuda el celo a que el alma no  esté ociosa, sino siempre activa en procurar el bien espiritual de los demás hombres. 

 En tercer lugar, cuando hay este celo en el alma, ella cobra tales bríos y fuerzas que nada le parece difícil a su celo, sino que, ayudado de  la gracia de Dios, hace frente y supera fácilmente todas las dificultades y obstáculos que halla en el camino. 

 En cuarto lugar, este celo produce en el alma una oración henchida fervor, pues es tanta su Caridad y deseo de la salvación de las almas y  su plena confianza en Dios, que ora con constancia, perseverancia y ardor y no ceja en su oración hasta que alcanza aplacar la justa  indignación de Dios. 

 De esto tenemos muchos ejemplos en la Sagrada Escritura y en las vidas de los Santos. Por sólo nombrar uno, tenemos aquel admirable  ejemplo de Moisés2, que después de haber visto la prevaricación de los hijos de Israel al adorar el becerro de oro, se puso entre ellos y Dios  para aplacar la justa ira del Altísimo, el cual quería consumirlos y destruirlos en un instante; pero Moisés —por expresarnos así— no lo  permitió, sino que abogó por el pueblo traidor al punto de decir a Dios: “Perdona su pecado; o si no, bórrame de tu libro que has escrito3,  logrando así el perdón de pueblo. 

(Cuerpo 3: Celo bueno y verdadero y celo malo) 

 Ahora tratemos un punto importante sobre el celo, a saber, que hay un celo falso y malo, que no es según virtud ni agrada a Dios.  En efecto, hay virtudes que lo son solamente en apariencia, como cuando alguien parece humilde —ojos bajos, habla pasito y poco, da  suspiros, etc.—, pero si se le dice cualquier cosa que no le guste, por mínima que sea, inmediatamente muestra realmente qué es.  Y lo mismo puede ocurrir con el celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. En efecto, habíamos dicho que parte de este celo  consiste en sentir grandemente y dolernos con vehemencia de las ofensas que son inferidas a Dios. Ahora bien, por aquí es por donde puede  estar el peligro y engaño. Nos explicamos. El verdadero celo lleva consigo siempre compasión por el prójimo caído en desgracia, en pecado,  deseando y queriendo su conversión y salvación; mientras que el falso celo hace sentir una indignación tal, que uno quisiera ver descargar la  ira de Dios sobre el prevaricador, para ruina de éste. 

 Y de este mal celo tenemos ejemplo en el Evangelio. Allí se nos narra que un día Dios Nuestro Señor Jesucristo, de camino hacia Jerusalén,  iba a pasar por Samaría y hospedarse allí. Envió algunos a que le preparan el lugar en donde habría de quedarse. Pero los samaritanos —no  olvidemos la rivalidad y separación que había entre ellos y los judíos—, al saber que iba hacia Jerusalén, no lo quisieron recibir. Por lo cual,  sumamente indignados los Apóstoles Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los consuma?” y  Nuestro Señor les respondió:No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del Hombre no vino a perder las almas, sino a salvarlas4, para darles a  entender que no sentían ni pensaban como Él. Dios quiere que el pecador se convierta de su mal camino y viva. 

 En definitiva, aquí se aplica también ese dicho que dice: odiar el pecado y amar al pecador. El pecado lo debemos detestar con todas  nuestras fuerzas y éste nos debe llenar de indignación, pues con el pecado se ofende la infinita majestad de Dios. Pero al pecador hemos de  amarlo y mirarlo con suma compasión, como haríamos con alguien que estuviera corporalmente muy enfermo; éste nos produciría gran pena. Ahora bien, el pecador está enfermo en el alma, lo cual es mucho peor, y esto debe llenarnos de pena y compasión. 

2 Éxodo cap. 32.
3 Ibídem, v. 32.
4 San Lucas 9, 54-56.

(Conclusión: ¿Cómo tener este Celo?) 

 Para terminar, queridos fieles, digamos sólo unas breves palabras sobre cómo hemos de adquirir este celo por la gloria de Dios y la  salvación de las almas. 

 Como hemos visto, este celo tiene su origen en el amor a Dios. Por lo cual, primeramente, hemos de trabajar por adquirir y acrecentar en  nosotros el amor a Dios. Si no lo amamos verdaderamente o si nuestro amor por Él es muy pequeño, entonces poco se nos dará que Él sea  ofendido y mucho menos nos preocuparemos por la salvación de nuestro prójimo. 

 Y así, para lograr esto, hemos de meditar mucho en el gran amor de Dios hacia nosotros, particularmente en cómo nos lo mostró en su  Pasión y Muerte, pues nada mueve tanto a amar como la conciencia que se tiene de ser amado. 

 En segundo lugar, para llenarnos de deseos de ayudar a la salvación de las almas, hemos también de meditar y pensar mucho lo que ellas  costaron a Cristo. En efecto, el derramó toda su preciosísima sangre para salvarlas; no perdonó sufrimiento alguno durante su Pasión para  poder librarlas de la muerte eterna. ¿Y cómo podrá ser que nosotros, sabiendo eso y viendo que nuestro prójimo va camino del infierno, de  la perdición, y pudiendo ayudarlo a no caer en el abismo, no hagamos nada? 

 Asimismo, nos ayudará mucho a esto tener presente que una de las mejores formas para pagar por nuestros pecados y asegurar la  salvación de nuestra alma es ayudando a que otros dejen el pecado y se salven. En efecto, dice el Apóstol Santiago:El convirtiere a un  pecador de sus caminos extraviados, salvará su propia alma de la muerte y cubrirá la multitud de sus pecados (5,20).  Por tanto, queridos fieles, pongamos manos a la obra y pidamos a Dios nos llene de este santo celo por su gloria y por la salvación de las  almas. Trabajemos en la conversión y salvación de aquellos que Dios ha puesto en nuestra vida y camino: Primeramente, por medio de la  oración, mucha oración; segundo, por medio del ejemplo, de una buena vida, es decir, convirtiéndonos primero nosotros; y, finalmente, por  medio de la exhortación, de una exhortación llena de dulzura, suavidad y Caridad. 

 Quiera María Santísima rogar por nosotros y ayudarnos en ello. 

 Ave María Purísima. Padre Pío Vázquez.