5° Domingo después de Pentecostés 2019

Solemnidad de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Centenario.

(Domingo 14 de julio de 2019) P. Pío Vázquez.

(Introducción)

Queridos fieles:

Hoy estamos festejando la Solemnidad de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Reina y Patrona de Colombia. Este año se cumplieron cien años —esto es, el centenario— desde la solemne coronación de Nuestra Señora de Chiquinquirá como reina de este país; solemne coronación hecha con los obispos y políticos del momento presentes. Hablaremos, primeramente, del milagro, haciendo una breve narración de él y, en segundo lugar, hablaremos sobre alguna de las virtudes que poseía la Virgen Santísima.

(Cuerpo 1: Historia del Lienzo)

Primeramente, recordemos brevemente la historia del milagroso lienzo de Nuestra Señora de Chiquinquirá. En el siglo XVI, hacia el año 1560, un español, llamado Don Antonio de Santana, obtuvo la encomienda de Suta, lugar ubicado en el valle de Sequencipá, en Boyacá. Él quería tener una imagen de la Santísima Virgen para colocarla en la Capilla del lugar. Por lo cual recurrió a un fraile dominico, llamado Andrés Jadraque, para que éste le ayudara a conseguir la imagen. Fray Andrés puso manos a la obra y viajó a Tunja, donde se vio con un pintor, de nombre Alonso de Narváez. Éste se encargó de hacer la imagen, para lo cual utilizó un lienzo de algodón. Después de pintar la Virgen del Rosario, como sobraba espacio a ambos lados de la misma, pintó del lado derecho, a San Andrés, —por ser el nombre del fraile que le encargó la imagen—, y, del lado izquierdo, a San Antonio, —por ser el nombre del encomendero español que tuvo la iniciativa en conseguir la imagen.

Alrededor de 1574, debido a que Fray Andrés —el cual se encargaba de catequizar a los indios— fue trasladado de Suta a otra parte, el culto decayó y la imagen quedó prácticamente abandonada. Las goteras y la humedad que había en la capilla, terminaron por deteriorar y arruinar la imagen, al punto de que no representaba ya nada. El lienzo fue retirado de la Capilla y entregado de nuevo a Don Antonio, el encomendero, y terminó siendo empleado para diversos usos domésticos, lo cual causó roturas en el mismo. En 1577 fallece Don Antonio y su esposa, Catalina de Irlos, se traslada a Chiquinquirá, llevando consigo el lienzo.

Hacia 1585, una española, llamada María Ramos, se pasó a vivir con Catalina de Irlos, —la cual era su cuñada—, al haber descubierto que su marido le era infiel. Al encontrar el lienzo abandonado y enterarse de que en él antes había sido pintada la imagen de la Virgen Santísima, lo tomó, arregló y lo colocó en alto para poder hacer oración ante él. Solía hacer todos los días esta oración: “¿Hasta cuándo, rosa del cielo, habéis de estar tan escondida? ¿Cuándo será el día en que os manifestéis y os dejéis ver al descubierto para que mis ojos se regalen de vuestra soberana hermosura, que llene de alegría mi alma?”. El 26 de diciembre de 1586 —algo más de un año desde que hacía oración ante el lienzo—, cuando hubo finalizado sus oraciones ante el mismo, mientras salía de la capilla de la hacienda, donde estaba el lienzo, una india, llamada Isabel, pasaba por allí; ésta llevaba en brazos a su pequeño niño, de nombre Miguel, el cual le dijo a su mamá: “Mira, mira”, señalando a la capilla por donde salía María Ramos. Isabel alzó la mirada y vio cómo la imagen estaba en el suelo, teniéndose en pie y despidiendo de sí resplandores que iluminaban toda la capilla. Isabel asombrada le dijo a María Ramos: “Mire, mire, Señora, que la Madre de Dios se ha bajado de su sitio, está en vuestro asiento y parece que se está quemando”. María Ramos se volvió, corrió hacia la imagen, mientras lloraba de la emoción al ver que la imagen de la Virgen aparecía renovada en el lienzo con vivísimos colores, lo mismo que San Andrés y San Antonio. Su asombro era enorme por ver que su oración había sido escuchada. La noticia del milagro se propagó rápidamente, y el culto a Nuestra Señora de Chiquinquirá fue creciendo de día en día al punto que llegó a ser declarada Patrona y Reina de Colombia.

(Cuerpo 2: La Humildad)

Hecha esta breve narración, pasemos a considerar una de las virtudes de la Virgen, como decíamos al inicio. Entre las virtudes que la Santísima Virgen posee —en realidad las posee todas y en grado sumo: “llena de gracia”—, hemos decidido hablar sobre la humildad, pues es una virtud importantísima y excelentísima, por cuanto ella es la llave que nos abre los tesoros de la gracia y el fundamento de las demás virtudes.

En efecto, la humildad hace que Dios derrame sobre nosotros los tesoros de su gracia, porque Dios al alma humilde la colma de gracias, por cuanto ésta refiere siempre a Dios la gloria: “a los humildes da la gracia”1. Por el contrario, a los soberbios los abandona retirándoles su gracia, en castigo por atribuirse a sí la gloria que a solo Dios corresponde: “Dios resiste a los soberbios”2. La humildad es la base sobre la que hay que edificar el resto de las virtudes, pues sin la humildad, ellas no pueden ser virtudes sólidas y duraderas, y porque con la humildad se arraigan y afianzan y perfeccionan en el alma.

Demos, entonces, una definición de la humildad: “Es una virtud sobrenatural que, por medio del conocimiento exacto de nosotros mismos, nos inclina a estimarnos justamente en lo que valemos, y a procurar para nosotros la oscuridad y el menosprecio”.

1 1 S. Pedro 5,5.
2 Ibídem.

Vemos, pues, que la humildad surge del conocimiento; no de cualquier conocimiento sino del conocimiento de nosotros mismos, esto es, de cómo, de nuestra parte, somos nada. Y por falta de este conocimiento es que solemos estar repletos de amor propio y de soberbia. Por tanto, si queremos llegar a ser verdaderamente humildes, debemos meditar sobre nosotros mismos:

a) En primer lugar, hemos de considerar que de nuestra parte somos y podemos nada. Si Dios no nos hubiera creado no seríamos, y, aun estando ya creados, si Dios no nos mantiene constantemente en el ser, volveríamos a la nada. Sin el concurso de Dios, no podemos mover siquiera la mano: ¡tan dependientes somos de Él! Además, absolutamente todo lo bueno que haya en nosotros, sean dones naturales o de orden sobrenatural, nos han venido de la Divina Bondad; Dios es su autor, de Él proceden. Y, por el contrario, cuanta cosa veamos mala o defectuosa en nosotros, nos pertenece, es obra de nuestras manos. En resumen, de Dios todo lo bueno, de nosotros todo lo malo.

b) En segundo lugar, para obtener la gracia de la humildad, hemos de meditar y considerar con frecuencia nuestra condición de pecadores: Concebidos y nacidos en pecado original, nos hemos multitud de veces ensuciado y revolcado en el cieno del pecado. Cientos de veces nos hemos rebelado contra el orden establecido por Dios, prefiriendo nuestra propia voluntad a la del Creador… Un solo pecado mortal nos hizo merecer el infierno y, por tanto, todos cuantos males nos pudieran acaecer en este mundo; uno solo… y, sin embargo, ¿cuántos pecados no hemos cometido?, ¿cuántas veces a ciencia y conciencia no hemos despreciado a Dios, prefiriendo una vil creatura, un infame placer, un irracional odio o un mísero puñado de tierra?

Y, para humillarnos aún más, conservamos, además, dentro de nosotros mismos la concupiscencia, es decir, esa terrible inclinación al mal, que nos lleva al pecado; esto es, todos esos malos pensamientos, impulsos, deseos, que no cesan de incitarnos siempre al mal. Todo lo cual, si lo meditáramos con frecuencia, nos llevaría a tener una humildad sólida y verdadera.

La humildad ha de basarse, pues, en este doble conocimiento. Por un lado, en nuestra nada, lo cual debe llevarnos a desear el olvido y oscurecimiento, el pasar totalmente desapercibidos. Por el otro lado, en nuestra condición de pecadores, por la cual somos merecedores de todos los desprecios y humillaciones.

(Cuerpo 3: Práctica de la Humildad)

Ahora pasemos a decir algunas maneras prácticas de ejercitar la humildad. Hay varias maneras, por supuesto, pero una de las mejores es respecto al habla, y esto de varias formas:

a) Guardando silencio. Hablar solamente cuando somos interrogados o cuando haya justa causa para hablar. Dejar siempre que los demás sean los que hablen y escucharlos. Querer andar siempre hablando y guiando la conversación, suele denotar sentimientos contrarios a la humildad.

b) Jamás hablar bien de sí mismo. Nunca alabar los propios dones o talentos. Y aquí entra también no hablar mal de uno mismo, haciéndose digamos “el humilde”, pues es tal nuestra naturaleza caída, que tomamos pie de ello para ensoberbecernos más y más.
Somos tan miserables que somos capaces de enorgullecernos de ser “humildes”. San Francisco de Sales dice: “La verdadera humildad no muestra que lo es, ni anda diciendo palabras humildes”3.

c) Asimismo, la humildad debe manifestarse por la forma de hablar, haciéndolo de forma mansa y sencilla, nunca a gritos, sino con sobriedad y compostura. Igualmente, debe manifestarse en el reír. Nunca hacerlo de una manera —digamos— escandalosa o ruidosa, sino con mucho recato y sencillez.

d) La humildad, asimismo, evita toda singularidad. No debemos buscar o hacer cosas raras o extraordinarias. Pues querer distinguirse de los demás al hacer cosas excepcionales es señal de soberbia o vanidad. Por tanto, evitar cosas como postrarse en tierra, andar con los brazos en cruz o afectar mucha devoción, etc., cuando haya más gente alrededor. Todo ello está muy bien, pero dentro de la habitación propia, con la puerta bien cerrada, sin que nadie pueda vernos sino solo Dios, que ve en lo secreto…

e) También ayudará mucho a practicar la humildad utilizar vestidos sencillos, bien modestos que no llamen la atención. Tener una habitación sencilla, sin mucho adorno extravagante. Buscar los trabajos humildes, particularmente aquellos que los demás no quieran realizar. Tener un porte exterior que respire humildad y modestia. Callar cuando uno sea ofendido y ofrecerlo a Dios, sin airarse ni guardar rencores, antes aceptando la humillación como castigo por los pecados pasados.

3 Introducción a la Vida Devota, P. III, Cap. 5.

(Conclusión)

En fin, queridos fieles, los ejemplos o formas de practicar la humildad pueden, podríamos decir, multiplicarse al infinito. Éstos han sido tan sólo unos pocos ejemplos que hemos querido dar. Pongamos, por tanto, manos a la obra. Pidamos a Nuestra Señor del Rosario de Chiquinquirá que nos ayude a meditar todas estas cosas: nuestra nada, nuestra condición de pecadores; que nos ayude a practicar esta hermosísima virtud, que tanto nos cuesta. Recurramos a ella con mucho fervor, pues tuvo esta virtud en grado máximo. Recordemos su humilde respuesta al Ángel Gabriel: “He aquí la esclava del Señor”. ¡Recién le había anunciado de parte de Dios, que sería la Madre del Mesías, de Dios mismo! ¡La Madre de Dios!, y ella se anonada y se llama a sí misma esclava. Por tanto, como decíamos, recurramos a ella con fervor, para que nos alcance la gracia de ser verdaderamente humildes.

Ave María Purísima. Padre Pío Vázquez.